La Grieta Digital 10

Agosto 2013


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LA BANALIDAD SOCIAL Y EL USO DE LOS CLISES



1. En los últimos años se ha puesto otra vez de moda hablar con clisés. Esos clisés son la moneda de circulación que estructuran las relaciones de intercambio y vertebran la conversación diaria. Los escuchamos en la radio y se pronuncian arriba del taxi; en la televisión y la oficina. Los vuelven a repetir en la cola del banco o los oímos al pasar en la mesita del café de al lado. Los clisés son la mejor armadura para intervenir y salir airosos en las discusiones políticas. Retórica moral que se despacha a fuerza de frases huecas y altisonantes. Buscapiés lingüísticos que tienen la capacidad de detonar la conversación ordinaria. Más aún: son las contraseñas para abrirse paso -como dijo alguna vez Georg Simmel- en una ciudad cada vez más indolente, que no tiene ni el tiempo ni las ganas de demorar y ponerse en el lugar de los otros. 

Algunos de esos clisés que atendemos todos los días son “corruptos”, “chorros”, “autoritarios”, “prepotentes”, “no escuchan”, “están enfermos”, “son intolerantes”, “crispados”, “montoneros” y “nazis”. “Yegua”, “conchuda”, “cancerosa”, “cretina.” “Esto parece Venezuela”, “en este país no hay libertad de expresión.” “Se están robando el país”, “no dejan crecer al campo”, “no te dejan salir de la Argentina”, “están fundiendo a las empresas”, “estamos cada vez peor”, “ya no se puede vivir, salís a la calle y te roban”, “encima, entran por una puerta y salen por la otra”. “Queremos preguntar”. “Han pisoteado la república”, “no respetan la constitución”. “Esto es igual a la dictadura”; “planes descansar”. Estos clisés reemplazaron otros que definieron la antipolítica de los ‘90, a saber: “El estado es un mal administrador”; “el mercado se autoregula”; “los inmigrantes vienen a sacarnos nuestro trabajo”; “los desocupados son todos vagos, no quieren trabajar porque trabajo hay”, etc.

Podríamos estar todo el día recordando frases por el estilo. No son expresiones menores, son mucho más que citas sociales. Una vez que fueron pronunciadas nos quedamos sin palabras. Hilvanan  gran parte de nuestra vida de relación pero clausuran las discusiones. Después de escuchar semejantes frases cunde el silencio. Los clisés son formas de practicar, de manera anónima, la censura previa en la vida cotidiana. No son tampoco frases ingenuas. Hieren, hacen daño. Si no fuera por la sensación de impotencia que producen, difícilmente las podríamos tomar en serio. Estos ciudadanos, casi siempre indignados, inquiridos por los profetas del odio, apuntan con munición gruesa. Y como son ciudadanos comunes y tienen el derecho a decir cualquier cosa, confunden la violencia verbal con libertad de expresión. Y como saben que no hay respuesta del otro lado, se vuelven impunes.

Por eso la preguntas que nos hacemos son las siguientes: ¿Qué consecuencias sociales tienen el uso de estos clisés para la democracia? ¿Podemos debatir entre todos cómo queremos vivir todos cuando se empuñan este tipo de clisés? ¿Se puede empezar a discutir empezando con un “fuck you”, “son todos chorros…”? ¿Cómo dialogar cuando del otro lado hay una persona lanzando frases triviales y crueles?

Para responder estas cuestiones me gustaría hacer un rodeo. Primero quisiera volver sobre algunas de las tesis formuladas por Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén porque es allí donde Arendt reconoce el lugar que tuvieron y el papel que desempañaron los clisés sociales, no sólo para demonizar al pueblo judío, sino para practicar y legitimar la discriminación, persecución e invisibilización sistemática. Y segundo, compartir otras hipótesis formuladas por Norbert Bilbeny a partir de la lectura que hizo de Arendt, en su libro El idiota moral.

2. Cuando Arendt llegó a Jerusalén en abril de 1961 para presenciar el juicio que se llevaría contra el criminal de guerra Adolf Eichmann, esperaba encontrarse un monstruo. Dice: “Y aquí está sentado el monstruo responsable de todo lo ocurrido”. Para su sorpresa, Eichmann se parecía al verdulero de la esquina, a cualquier hijo de vecino. De hecho, los psiquiatras que lo examinaron, consideraron que “los rasgos psicológicos de Eichmann, su actitud hacia su esposa, hijos, padre y madre, hermanas, hermanos y amigos, era no solo normal, sino ejemplar”. Y más aún, Eichmann “era un hombre con ideas muy positivas”. “No constituía un caso de enajenación… ni tampoco de insanía moral”. Esa fue la misma sensación que tuvo a Hannah Arendt cuando Eichmann abrió la boca y empezó a hablar.

Dice Arendt: “Eichmann era verdaderamente incapaz para expresar una sola frase que no fuera un clisé”. Eichmann era una persona común y corriente que hablaba usando clisé, “con frases hechas y palabras rimbombantes”, “eslóganes”, “frases pegadizas”, “palabras aladas” (como las llamaba el propio Eichmann), “banalidades” (como las llamaban los jueces del tribunal). Eichmann “habló utilizando clisés que nada tenían que ver con los hechos reales.” Todas aquellas frases las había escuchado una y mil veces, fueron el telón de fondo de la Alemania nazi. Por eso agregaría en otro libro, La vida del espíritu: “Me impresionó la manifiesta superficialidad del acusado, que hacía imposible vincular la incuestionable maldad de sus actos a ningún nivel más profundo de enraizamiento o motivación. Los actos fueron monstruosos, pero el responsable era totalmente corriente, del montón, ni demoníaco ni monstruoso”.

Acaso “¿fueron estos clisés lo que los psiquiatras consideraron tan ‘normal’ y ‘ejemplar’? ¿Son estas las ‘ideas positivas’?” Y agrega: “Sin duda, los jueces tenían razón cuando por último manifestaron al acusado que todo lo que habría dicho eran ‘palabras hueras’, pero se equivocaban al creer que la vacuidad estaba amañada, y que el acusado encubría otros pensamientos que, aún cuando horribles, no eran vacuos.” “Eichmann (…) repetía palabra por palabra las mismas frases hechas y los mismos clisés de su mención. Cuando lograba construir una frase propia, la repetía hasta convertirla en clisé.” 

Una persona que usa clisé, que se mueve con clisé, es una persona amurallada, infranqueable. De esa persona se puede decir que “no le entran balas”. “Cuanto más se le escuchaba, más evidente era que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar, particularmente, para pensar desde el punto de vista de otras personas. No era posible establecer comunicación con él, no porque mintiera, sino porque estaba rodeado por la más segura de las protecciones contra las palabras y la presencia de los otros, y por ende contra la realidad como tal.”

Pero hay algo más que llamó la atención de Arendt. Además del uso sistemático de los clisé, le sorprendió la “deficiente memoria.” Dice: “La memoria de Eichmann solo funcionaba con respecto a cosas que hubieran tenido relación directa con su carrera.” “Eichmann recordaba únicamente sus estados de ánimo y las frases estimulantes que fabricó para acompañarlos.”
La incapacidad de pensar, de ponerse en el lugar del otro, lo llevará a utilizar recurrentemente frases grandilocuentes que no necesitan ser testeadas ni probadas porque están en boca de muchos. Frases que flotan y oprimen como una pesadilla. Frases que no paran de heder, que destilan odio.

Por último, Arendt señala que Eichmann, el juicio de Eichmann en Jerusalén, es “la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes”. No servía de nada que el fiscal o los propios jueces llamaran la atención sobre las innumerables contradicciones, falsedades e incongruencias. El sujeto moral no los advierte ni puede  reconocerlas. El que usa clisé, que se mueve por el mundo con clisés, bien puede decir una cosa y mañana sostener otra. No hay coherencia que hilvane sus dichos. Por eso se vuelven objeto de manipulación constante y por eso también, encuentran en la burocracia, un marco que estructura su vida. En la burocracia se moverán como pez en el agua. La obediencia que practican, y que suelen disimular con los clisés, los autosustrae –al menos eso es lo que piensan- de cualquier responsabilidad pues, como dijo alguna vez el escritor Félix de Azúa: “el que obedece nunca se equivoca”.

Eichmann en Jerusalén es un ensayo que explora el carácter ordinario del mal. El mal no es un hecho extraordinario sino banal. El mal se sostiene en formas banales. Y la banalidad del mal es la banalidad de la sociedad. Esa banalidad que impregnó el lenguaje burocrático es “un vicio corriente”, “un defecto del carácter”, “la incapacidad casi total para considerar cualquier cosa desde el punto de vista de su interlocutor”. De allí que el lenguaje burocrático recurra a los clisés.

3. El mal de nuestro tiempo es la banalidad. La banalidad no fue una prerrogativa de la sociedad alemana durante el nazismo, sino la marca registrada que caracteriza a importantes sectores de la sociedad hoy día. Prueba de ello es la figura del idiota moral. La banalidad idiotiza. Una persona banal es un idiota moral. Para Bilbeny estamos rodeados de idiotas. El idiota moral es el mejor exponente de la banalidad social. Dos rasgos definen la idiotez contemporánea. Una, la apatía moral. Dos, la ausencia de pensamiento.

Bilbeny habla de apatía moral para hacer alusión a la insensibilidad. El idiota es el que no puede sentir al otro, el dolor del otro. El idiota tiene la sensibilidad anulada, el corazón duro como una piedra. Puede ser apasionado en tanto es afectado todo el tiempo por la indignación del periodismo. Pero se caracteriza por su frialdad. Tiene el ánimo embotado, los sentimientos anestesiados. Incapaces para sentir angustia, se dedican a juzgar al otro que no sienten, no comprenden, no ven. Hay un bloqueo emotivo, el idiota moral padece esclerosis afectiva. Como dice el refrán: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Pero pueden burlarse del otro, mancillarlo. Son crueles porque tratan al otro como un objeto que pueden ningunear, pisotear, linchar.

Eso no quiere decir que no sean tipos inteligentes. Para Bilbeny, los idiotas morales son personas cuerdos sin conciencia. Pueden ser inteligentes pero son incapaces de razonar. Sus disparates son un encadenamiento ilógico de clisés. Hay un déficit de pensamiento, una suerte de modorra intelectual que después se transforma en brutalidad y la brutalidad otra vez en crueldad. Lo que no se puede comprender se descalifica, humilla, niega, se puede desaparecer. Dice Bilbeny: “El idiota moral es aquel que, teniendo esta facultad, no sabe ponerla en práctica.”

En efecto, ejercer el pensamiento supone poner en práctica la capacidad de pensar. Y pensar implica un conflicto interior, el que piensa está dispuesto a cuestionarse, a pelearse con uno. Si el idiota moral “no percibe la dualidad en uno mismo que hace sentir el pensamiento”, difícilmente va a considerar al otro. La ausencia de conflicto interno se transforma en un abierto conflicto externo. No puede dialogar consigo mismo pero puede pelearse con el resto, sobre todo con aquellos que no confirman su estilo de vida, sus valores y puntos de vista. Cuando la sociabilidad se define por la afinidad, la diversidad es experimentada como peligro y merece descalificarse enseguida.

“El que es incapaz de adoptar la perspectiva del otro es incapaz también de observarse a sí mismo y viceversa.” No duda, aprende a callar. No sabe y tampoco quiere reflexionar; y cuando dice algo, usa clisés. Por eso, “no buscan más que eslóganes y obediencia. No preguntan ni responden, repiten frases hechas. Sólo afirman y obedecen, no examinan ni comprenden, y por consiguiente no pueden ser convencidos.”

El idiota moral renunció a la calma de la reflexión para vivir el frenesí de la inmediatez, entusiasmarse con cada veredicto sensacional y entregarse a las ménades. No saben disentir, ni está en sus planes practicar el desacuerdo. Quieren formar parte de la unanimidad, de un consenso súbito que disimule la ética del linchamiento social. 

4. No hay que confundir los clisés con los estereotipos. Más allá de los estereotipos están los clisés. Los estereotipos son imágenes en la cabeza que están para llenar los huecos de una realidad que se nos presenta abierta y no conocemos todavía. Los estereotipos son imágenes provisorias que nos orientan ante la inconmensurabilidad de la vida. El problema tiene lugar cuando los estereotipos se fetichizan y ocupan el lugar de la realidad, incluso, cuando se vuelven más reales que la propia realidad. Allí se puede decir que los estereotipos se han esclerotizados y, por añadidura, se convirtieron en clisés. El clisé clausura la ap
ertura del mundo. Nos encierra e incomunica.

Los clisés son “palabras aladas”, como dijo Eichmann, es decir, estereotipos que levantaron vuelo, que se alejaron de la realidad, que tienen vida propia. Ya no representan la realidad, son la realidad misma. Carácter performático del clisé: tiene la capacidad de producir la realidad cuando descalifica, corroe, desdeña y subestima. Palabras que producen realidad y se confunden con la mentira. En el clisé ya no se puede distinguir la realidad de la ficción. Por eso mismo ya no pueden representar nada. El que usa clisé no miente, porque sencillamente no sabe que está mintiendo; cree en esos eslóganes y los vive de manera irrefutable porque se han convertido en la moneda de curso legal, en el amuleto de la vida pública y coloquial.

Detrás de los clisés está el sentido común, creencias que embuten concepciones de vida, valores, modos de pensar, sentir, decir y actuar. Porque los clisés orientan nuestros hábitos y perfilan prácticas. No son entelequias que se las lleva el viento. Se fueron enmesetando y forman parte de un imaginario social reaccionario y autoritario que nunca se terminó de poner en crisis. Basta que a un gobierno le empiece a ir mal -electoralmente hablando-, o encuentre dificultades políticas o económicas -como corresponde cuando decide enfrentar intereses poderosos-, y empiece a ser interpelado por los habituales profetas del odio, para que comiencen a salir una a una, en fila india, hasta enquilombar la escena contemporánea, los clisés de la antipolítica. El hecho de que no las escuchásemos durante algún tiempo no significa que ya no estuvieran ahí. Estaban agazapadas, aguardando su momento de irrupción. Los clisés son como los fantasmas, están y no están presentes, centellean. Pero cuando irrumpen desquician la escena.

Los clisés son la expresión de la banalidad en la política contemporánea. Una manera de quitarle importancia a algo que tiene fundamental relevancia. A través de los procedimientos que definen la banalidad, se hace tabula rasa de las escalas, se borran las diferencias y matices entre lo importante y lo no importante, entre lo principal y lo secundario, lo fundamental y lo accesorio. Todo tiene que ver con todo y vale todo. Se puede decir cualquier cosa todo el tiempo y en cualquier lugar, sin reparos, sin guardar ninguna formalidad. Como cantó alguna vez Discépolo, se mezcla la Biblia y el calefón y todos patinamos en el mismo lodo, todos manoseados.

Más aún: los clisés son maneras de banalizar la realidad, pero también de trivializar al otro. En el uso de los clisés se averigua la ausencia de empatía. Cuando todo es lo mismo, ya no prestamos atención al otro ni queremos ponernos en su lugar. 

Para terminar volvamos sobre El idiota moral. Bilbeny plantea una pregunta perturbadora, con la que todavía nos medimos y para la cual –confieso- no tengo una respuesta: “¿Cómo hablar a hombres que no quieren seguir en el terreno de la crítica y de la reflexión, en el terreno donde los espíritus buscan su independencia rodeados de una mayor comprensión y de una convicción mejor fundada?” Se trata de una pregunta mayor que plantea un gran desafío: cómo desarmar los clisés. Si los clisés vaciaron la política de contenido y clausuraron el debate, las tareas en cualquier discusión política mundana se duplicaron: no sólo hay que desarmar los clisés mostrando las responsabilidades morales en juego con cada pronunciamiento, sino resignificar el juego de la política para celebrar los desacuerdos.  

EL SE VA CON ELLA Y PIERDEN LOS MALOS

Por José Moreno*

* Sociologo y escritor. Autor de 
Operacion Medibacha y Codigo Tripa Gorda.

Yo era chico, un niño soñador que aún creía en el amor y en las grandes epopeyas. Miraba muchas películas que, desde cierto elitismo cultural –y desde la lisa y llana sensatez-, podría decirse que era una bazofia. Era la época en la que se empezaban a alquilar los reproductores de VHS, con dos o tres películas para pasar el sábado, invitando a los pibes del barrio para después salir a la calle a recrear la película en cuestión.

Imposible olvidar la Plaza San Martín de Tres Arroyos transformada en el Estadio Azteca después de ver  “Héroes” –aquella gran película del realizador Tony Maylan-, reviviendo el gol de Burruchaga, adelantando la pelota por demás ante la absurdamente tardía salida del portero alemán. Otra huella la dejó Rocky IV, con toda la guerra fría condensada en una pelea de boxeo, con el subnormal de Silvester Stallone defendiendo los valores de la democracia occidental. Por desgracia aquel film grotesco -y tremendamente cautivador para un chico de primaria- lo compartí con mi amigo el “Rolo” Pescader, vecino del barrio un par de años mayor y con una contextura física de adulto desde los 10 años. La huella de Rocky IV se tradujo en las marcas de los sopapos que el “Rolo” depositó en mi humanidad con la tenacidad y frialdad soviética que contagiaba Ivan Drago. Creo que desde aquel entonces empecé a dudar de las virtudes del comunismo soviético.

Eran esos tiempos cuando, lo recuerdo, mi hermana Adela se acercaba mientras yo miraba películas y me decía: “¿Querés que te cuente el final? Él se queda con ella y pierden los malos.” Yo me reía, y me daba cuenta que tenía razón, que el 99,9% de mis películas respondía a ese patrón. Era, quizás, mi primer toma de conciencia sobre los clisés.

 Los clisés aparecen como aquellas repeticiones, aquellos lugares comunes que una y otra vez vuelven reeditando fórmulas que alguna vez fueron exitosas y, para nuestro asombro, poseen más durabilidad que una caja llena de Duracel de las grandes.

La pregunta que me surge pensando en esto es si los clisés, por serlos, deben ser desechados por completo. Y en todo caso, cómo sería eso.

En primer lugar entiendo que difícilmente se escapa de los clisés. Casi siempre se repiten fórmulas (“Ya está todo inventado” reza una frase clisé). Los géneros y subgéneros, las latitudes y particularismos culturales, los paradigmas y estilos, las corrientes artísticas..., cada grupo y subgrupo de manifestaciones artísticas tienen los suyos. Sobran dramas con enfermos terminales y niños con leucemia. Rebalsan asesinos seriales oficinistas, con anteojos y raya al costado. Saturan partidos de futbol americano con un touch down definitorio en el último segundo.

El empeño en lo anti clisé tampoco asegura buenos resultados. Muchas veces, por poner el centro en pos de la originalidad y de la trasgresión de “límites” se termina en historias indigeribles, con planos y secuencias eternas –somníferos potentes-, relatos sin sentido –o con sentidos tan profundos y complejos que resultan una pelotudez atómica-, humoradas absurdas –tan absurdas que también resultan una pelotudez atómica. Esto no significa que no se deban trasgredir límites ni buscar la originalidad. El tema es qué límites y cómo se trasgreden, si la originalidad por la originalidad misma no cae en otro clisé, sólo que más exclusivo, probablemente poco entretenido.

El clisé en sí mismo, como tal, no debería demonizarse por demás. Claro que es bueno que las historias que se crean no sean todas copias de sí mismas. Hay muchos clisés absurdos y evitables, estúpidos, absolutamente predecibles. Hay formatos dominantes, hegemónicos. Es bueno saberlo, tenerlo presente y tratar de hacer algo distinto, que de alguna manera innove, vaya contra cierto orden –y no sólo contra “el” orden hegemónico, sino contra todos los órdenes que hegemonizan un campo cultural (géneros y subgéneros, corrientes, modas, culturas nacionales, etc.).

Pero el clisé puede ser pensado de otra manera, reciclado, reutilizado. Se puede jugar con ellos. Innovar al interior de sus estructuras, hurgar en sus intersticios. Él se queda con ella y pierden los malos es una estructura general que hay que llenar, una coordenada de trazo grueso, una superestructura, si me perdonan las marxistas.

Así visto, este lugar común de las historias que se consumen masivamente, habilita muchas opciones para desarrollar. Así enunciado remite a dos valores especialmente caros a la humanidad toda: al amor y la justicia (puede agregarse la épica, ya que los malos pierden, y si pierden, es porque hay una disputa manifiesta). ¿Por qué renunciar a semejantes tópicos?

No está nada mal que triunfe el amor. Se puede discutir de qué manera, entre quienes, qué tipo de amor. Una pareja heterosexual, una gay y todas las variaciones que se les ocurran son amor. El amor fraterno, el familiar, el caritativo, el revolucionario… son todos amores que es grato ver triunfar. El triunfo del amor muchas veces es que “él” (y no hablo de Néstor Kirchner) no se quede con ella, porque si se queda con ella se pueden achanchar feo, caer en una rutina insoportable, tener hijos insoportables, odiarse, engañarse y traicionarse sistemáticamente.

No es malo tampoco que pierdan los malos. Sí, claro el mundo es complejo, y lo bueno y lo malo es difícil de definir. El problema no es que pierdan los malos, sino que los malos siempre sean árabes barbudos que se empeñan en no dejar vivir en paz a la gloriosa nación del norte. O que los malos sean entera y estúpidamente malos y los buenos lo mismo. Hay una gran gama de grises sobre lo que innovar.


En definitiva, los clisés están por ahí siempre. El desafío es que hacer con ellos. Es jugar con ellos y contra ellos. Darlos vuelta, ridiculizarlos, exacerbarlos, desnaturalizarlos. Ponerlos en discusión, pero también tomarlos. No hay que tenerle miedo a la épica, a la justicia, al amor. En todo caso, resignificarlos, descolonizarlos, traerlos para nuestro lado, para nuestras batallas y fantasías. Después de todo los clisés son puntos de referencia, de encuentro, lugares comunes, es decir que tenemos en común, lugares donde nos encontramos. Habrá que ponerlos lindos a esos lugares, decorarlos de manera ingeniosa y novedosa. Y encontrarnos ahí, con nuestra historia, nuestras historias, con los viejos amigos, con el “Rolo”. Ya se la voy a dar al “Rolo”.   

EL PENSAMIENTO PROVERBIAL

por Fernando Alfón

En un asiento del colectivo, hace un tiempo encontré una diminuta edición del Nuevo Testamento, editado por los Gedeones Internacionales, una asociación que se jacta, en la primera página, de haber distribuido gratuitamente «más de 1.000 millones de Biblias y Nuevos Testamentos en hoteles, moteles, hospitales, instituciones penales, fuerzas armadas, estudiantes y enfermeras en servicio público». El ejemplar es del tamaño de un atado de cigarrillos y trae como anexo los Salmos y Proverbios. Son estos los que me llamaron la atención.
         Luego de un prólogo escueto y de rigor, tras el título «Donde encontrar ayuda», se enlista una serie de penurias que conducen a una página precisa del libro. Por ejemplo, si el lector está angustiado busca «Angustiado» y el índice le indica que tiene que leer Mat 5: 4; si está derrotado busca «Derrotado», ir a Rom 8: 31-39. La edición está pensada para ser leída proverbialmente y, salvo un estado de ánimo aparentemente excepcional (el de «Agradecido»), los veintinueve estados restantes revelan que los editores presumen un lector sufriente, urgido por dar con un alivio.
         El Libro de los Proverbios, atribuido como otros libros sagrados a Salomón, se ocupa de algunas enseñanzas vinculadas a la Sabiduría (temor a Dios) y eventualmente a dos cuestiones que aquí interesan: el atesoramiento de adagios: «Átalos a tus dedos, escríbelos en la tabla de tu corazón» (7, 3) y el arte de proverbiar: «Como al cojo le bambolean las piernas, así es el proverbio en la boca del necio» (26, 7).
         El pequeño librito contrasta con la vastedad que suspira. Detengámonos ahora en la cifra 1.000 millones, que es el número de ejemplares de la Biblia distribuidos por los Gedeones. Si consideramos luego los otros editores de biblias en el mundo, es fácil deducir una cifra inconmensurable. Es decir que el Libro, leído como una libretita de consejos para la vida —La Grieta dirá cliché en este número— es la fuente de lugares comunes más popular y gigante que se haya concebido. ¿Es tan significativo el asunto?
         La Biblia es compleja, pero el modo en que se la difunde tiende a la cita, al tono sanador y la respuesta inmediata. En sí mismo, este tipo de pensamiento se constituye en una filosofía popular, práctica y efectiva; la idea de tener un rosario de respuestas para la vida cotidiana es una filosofía, digamos, de aquellos que no ostentan ninguna. Si la religión es la filosofía del pueblo, el proverbio es la síntesis de su método.

         Estas disquisiciones son indispensables para pensar el escenario político actual, pues noto —es esta la hipótesis de este ensayo— que todos los políticos con chances de disputar una representatividad en Argentina (incluidos varios del FPV) han elegido el tono evangélico. Como si hubieran llegado a la conclusión de que padecemos de alguna dolencia sacramental. La Argentina toda está embarcada en una gran procesión a Luján. Nos repartimos estampitas, nos damos alientos del tipo: «¡Hay que tener esperanza!» El que no habla en tono mesiánico, elige la parábola o el enigma de confesionario. Unos dicen que pondrán la otra mejilla; otros dicen que nos tenemos que salvar; otros, que tenemos que elegir. Argentina ante el Libro de los Proverbios. Finalmente, las bendiciones del Papa comienzan a producir las primeras curaciones. Ahora resta esperar que se produzca, finalmente, algún tipo de milagro.

CLICHE! France seen from abroad






   Autor Cedric Villain


Mezcla Nicolas Chimot





GUION PARA UNA FARSA

Por Matias Manuele

 
I. La escena podría ser la siguiente. Una pareja de jóvenes debe atender un compromiso familiar. Son invitados a cenar a casa de unos familiares mayores, pongamos, tíos abuelos. En la cena se encuentran con otros tíos y primos, todos adultos. La cena se desarrolla normalmente, las mismas anécdotas de siempre, las mismas tensiones de siempre: ninguno quiere estar allí, pero a todos les pesa el que dirán, el compromiso asumido.

Hacia el fin de la noche, la pareja se ve envuelta en una situación de la que no pueden salir. Dos de los primos, picados por el alcohol, se trenzan en una dicharachera conversación acerca de la película que vieron por la tarde. La charla se hace más tensa. Los comensales se ríen y nadie sabe de qué, el ambiente se torna denso. Finalmente, justo cuando nuestra joven pareja estaba por desentenderse de la situación y salir de la casa, la escena desemboca inevitablemente en el living frente al televisor y al DVD. Corre “El Ángel exterminador”.

II. No es preciso presentar a los personajes, son arquetipos conocidos. El médico racional que todo lo sabe, pero que esconde la morfina en el cofre “para las noches con amigos”; el dandy anfitrión que agasaja a todo el mundo, pero que no duda en cuchichear con su mujer sobre los modales de los demás; la hermosa joven soltera, prontamente apodada la Walkiria por sus conductas dóciles. Y así. Son los estereotipos de una refinada burguesía que juega ese conocido y antiguo juego de los modales y las formas.

Pero ese juego, como las historias de cada uno de estos personajes, va cediendo paso a un misterio. Algo pasa, inefable, que ata a los figurantes a esa escena, al living de esa mansión. Compromisos, modales, disciplinados placeres, las formas impiden a esos burgueses salir del proscenio. ¿Qué los retiene? Lo siniestro. Indecible e indescifrable.

La situación se desarrolla in crescendo, aquellos que solo atienden a las  formas debe visibilizar su lado más temible, el de las necesidades. El sostenimiento de la existencia más básca se tensa todo el tiempo con los juegos de "la buena educación". Pequeños eventos surrealistas comienzan a sucederse, costumbres solo perceptibles para los observadores. Diálogos que se repiten con invariancias mínimas, objetos fuera de lugar, anécdotas desquiciadas. De golpe, La tragedia va virando a la risa, la comedia se apodera del film, la farsa se devela: los ritos y modales son los que los atrapan pero también los que liberan, constituyen una clave arcaica. La respuesta no consiste en su develamiento sino en su repetición. No hay ningún misterio, la voluntad y el mito ganan la escena y los personajes pueden escapar.

III. El cliché en política tiene varios sentidos: construye territorios comunes, sobreentendidos básicos para el diálogo con propios y ajenos. Porque la política, como un teatro, se sostiene sobre arquetipos y clichés que configural la escena, que establecen los codigos minimos.

El cliché identifica al interlocutor. Lo moldea al propio gusto. Pero tambien se vuelve una trampa, porque la esencia de la política es desarreglar el sobreentendido. Construimos un territorio común pero volvemos sobre él para transformarlo. De ahí que los clichés politicos avancen sobre la organizacion de lo posible (izquierdas y derechas, politicas públicas, estado y sociedad) para volverse sobre la construcción de imposibles (utopias: Perón vuelve, aparición con vida, ). Por ello la materia del cliché es claustrofobica. Porque en el fondo atenaza a la accion humana.
 
Asi, por ejemplo, la idea de los Derechos Humanos ha sido la consigna que, “levantando la bandera de los organismos”, este gobierno mejor a logrado sostener. Pero, en el fondo, la idea de los derechos humanos es una falacia. Pues los derechos humanos no son “una cosa”. No se está con los derechos humanos o contra los derechos humanos. No son un conjunto de derechos positivos como los sociales o económicos. “Aparición con vida” es un pedido imposible. La idea de reparacion de los daños producidos por el Estado Terrorista, tambien. La esencia de esas banderas como cliché es, justamente, provocar el cierre de los significados de la lucha. Pues esa es la esencia de los derechos humanos: la comunidad organizada reclamando, construyendo un sentido común. Un cliche.
 
De ahí, que “los derechos humanos” encuentren un limite. Ese limite es siempre el propio Estado, que por su propia logica necesita definiciones, demandas claras, reclamos puntuales que configuren politicas específicas. Si los derechos humanos son la esencia de la politica, en el sentido de reclamos imposibles que desarreglan el campo de los sentidos instituidos, el limite es la propia politica, en su version de campo de sentidos instituido.

IV.- Un país es como una casa. Una clase se lanza a una aventura. Esa aventura es un drama, pero los gestos, los nombres, las formas trascienden la tragedia y permiten a esa clase continuar viviendo. La organizacion de lo posible lleva a que las consignas se tornen clichés. No es asunto voluntario. Ni farsa política, ni demagogia. Es la esencia del Estado.

Pero pronto el aire se torna claustrofóbico, surrealista. Algo inefable pervive. Es lo siniestro, un terror ahí, indefinible pero presente, ubicuo pero sin nombre. Los imposibles permanecen allí, en clichés no instituidos. Repeticiones, chistes, lapsus comienzan a emerger (asaditos, papas, prontuarios públicos). La comedia. Poco a poco esa familia, esa casa, ese país perciben la farsa.

Pero la esencia de la escena no es la farsa, es el inevitable derrotero de cualquier política. Por eso, para salir de la casa, no hay que desenmascarar las formas; simplemente entender que la potencia de ellas es que son tales. Y reintepretarlas en clave colectiva.






ESE RIESGO DE DEVENIR CLICHE

Por Santiago Galar
 (@essantiagog)

El tipo está tirado en el suelo. La sangre que brota a borbotones y riega su cuerpo fuerza la inducción de que se trata de los últimos instantes del tipo en tanto ser mortal y que su secreto, ese necesario para destrabar la trama, lo acompañará a la tumba, y desde allí hacia la eternidad. Pero antes que la tensión baje, llega corriendo un segundo tipo y lo interpela. “You must live”, le dice compungido entre lágrimas. “No me abandones”, traducen más o menos unas letras amarillas que aparecen con la voz del segundo tipo y se posan en la parte inferior del cuadro, bien a la vista. Desde el piso, el primero hace un intento final, sabe que cuenta con poco tiempo y va al grano: “Your father is… is… is…”. “¡Dale!”, pienso mientras las letras amarillas me ofrecen una traducción que no necesito (“Tu padre es… es… es”). El tipo del piso, que había desperdiciado unos siete segundos en tragar saliva no cuenta con los dos segundos necesarios para recitar las dos o tres sílabas que nos despejen la duda, muriendo antes de poder tirar la posta. Por suerte, el que queda vivo, mientras asume que su situación adquiere complejidad, encuentra un papel en el bolsillo del flamante difunto, papel cuyo contenido no llego a enfocar desde acá pero sospecho será la clave que guíe al protagonista hacia el necesario encuentro con su padre. La película puede seguir, y menos mal porque empezó hace veinte minutos y el cine en el cine se ha vuelto duro de costear.

Mirar una película y poder ir prediciendo su trama no es una capacidad digna de ofrecer a los potenciales empleadores en el curriculum vitae. Es la confluencia entre una persona que ha mirado más o menos muchas películas y un guionista con pocas ideas (o con una productora que exige se obvie la experimentación para orientarse hacia “lo seguro”). Entonces aparece un cliché.

Paradójicamente, cualquier cliché fue en algún momento una disrupción, una ruptura en una continuidad esperable. En este sentido, alguien pensó una primera vez la escena de un tipo  muriendo que no alcanza a confesar un secreto, notó la tensión que generaría en una circunstancia cinematográfica, y en un estreno difícil de rastrear en el tiempo (con tanta película circulada bajo el puente) un ser genérico ante el producto final pensó: “¡que llegue a decirle quién es su padre por favor!”. Es más, varios fulanos en la industria del cine tomaron al pasar nota mental del poder de esta idea devenida escena, y cuando se presentó la oportunidad repitieron el exitoso recurso. Estas repeticiones incluyeron cambios de variables en relación a la trama correspondiente: en vez de la identidad paterna la revelación fallida se relacionará con la ubicación de un tesoro o el ingrediente clave de un hechizo. Y a veces se usaron cuchillos y otras veces balas para matar al poseedor del dato, que a veces será el coprotagonista y morirá al final de la película (abriendo a una segunda parte), y a veces será un personaje periférico solamente concebido como una parada más en la ruta de la trama.

La repetición del recurso en decenas de films durante décadas de desarrollo de la industria cinematográfica habilita que algunas comedias parodien la escena, confirmando así su devenir-cliché. Y allí el muriendo dijo tantos sinsentidos y tardó tanto tiempo en estirar la pata, que obligó al tipo que no-agonizante a tomar cartas en el asunto y matarlo, más allá de la necesidad de hacerse de ese dato revelador que ni él ni el espectador conocen. La parodia no sólo confirma el devenir cliché, y por tanto la pérdida del valor transformador de la idea: la regeneración satírica y la alusión irónica justamente devuelven el carácter transgresor al cliché, anulándolo por breves instantes.  

Hablar de clichés es entonces abordar frases, expresiones, acciones, prácticas, ideas que pierden su poder de ruptura, su capacidad de interpelación para volverse estereotipos vacíos con un sentido cosificado, estático, dado. Andamiajes conceptuales, esqueletos que se acostumbran a ser usados en exceso. Clichés que revelan la falta de creatividad de un guionista, la previsibilidad de los gustos culturales (y la performatividad que produce el mercado), la impericia de un comunicador social o la vulgaridad del romántico que cuelga un pasacalles en la puerta del ser amado (“Gor, felices dos años juntos, sos mi sol. Te amo”).  El chiché nos envuelve, y como todo estereotipo encorseta y asfixia por opresor (por estipular las prácticas y sentires socialmente esperables) pero también por retirar del espacio público el desafío de provocar ideas que desorganicen las materialidades y los esquemas mentales que produzcan llantos, sorpresas, risas o desesperaciones. Tal vez por esto el cliché en el arte sea un verdadero crimen a condena perpetua, en tanto disloca a esta práctica de su función excluyente, la de interpelar a los sentidos y desafiar a los sentires.

La experiencia (cotidiana, urbana y espacial) se llena de escenas repetidas hasta que el sin sentido se vuelve lo único capaz de otorgarle algún sentido a algo. Parte del imperativo posmoderno es, entonces, desorganizar los elementos para que la realidad nos sople un poco en la cara y nos mantenga despiertos. Tal vez el cliché sea inevitable y estemos condenados a una vida repetitiva de tergopol donde la reproducción nos brinde algunas seguridades y certidumbres. Tal vez su función sea el existir para demandarnos la generación de experiencias que rompan y transformen, y el imperativo posmoderno sea el de hacernos adictos a ellas, exigir(nos)las y promoverlas. No quiero recaer en un cliché, pero tal vez estas rupturas evidencien grietas que se vuelvan posibilidades de libertad.

¿Es posible algún tipo de originalidad en este punto de la historia? ¿Podremos sobrevivir a la repetición o el ejercicio diario de sobrevivir implica repetir? ¿Querrán cobrar más los guionistas por ideas no usadas? ¿Se nos exigirá a los columnistas ideas originales o nos defenderá el sindicato?

El cliché es lo familiar, y lo familiar tiene una realidad bicéfala: tranquiliza y agobia. Piensen si no en un almuerzo familiar de domingo. El acto de magia se revela cuando, sin “nada por aquí y nada por allá”, y sin que este autor conozca la cotidianeidad de quien lee, abracadabra: convocar el significante “almuerzo de domingo” es predeciblemente representado como una situación tan tranquilizante (y disfrutable) como agobiante (y asfixiante). ¿Dónde está la magia? En que no exista.


NO HAR MEJOR ESPEJO QUE LA CARNE SOBRE EL HUESO

(o devolveme mi cuerpo).

Por Ana Julia Aréchaga

Si pensamos a los clichés como significaciones y sentidos instituidos socialmente, bien cabe pensar a nuestro cuerpo como uno de los clichés menos reflexionado, pero en cierto punto, más efectivo.

¿Qué queremos decir con esto? Que si consideramos al cuerpo como una construcción social, no sólo en un aspecto representacional sino también en su aspecto material, entonces es posible pensar nuestro propio cuerpo como locus de significaciones sociales instituidas, legitimadas y aprendidas.

Desde un aspecto más inmediato, los estereotipos corporales operan sobre nosotros y nosotras a través de las conocidas modas, que revelan parámetros corporales. Pero si surfeamos un poco más, podremos dar cuenta que no sólo nuestra imagen, o apariencia, puede convertirse en lo menos propio que tenemos. Los modos en que sentimos y el campo de lo perceptible tienen una historia y un origen, y son variables según múltiples dimensiones de lo social (edad, clase, géneros, etc.). Así, el asco, el dolor, el gusto no fueron siempre los mismos ni sobre lo mismo. Una vez estaba realizando una entrevista a un contador, de buen pasar económico, y me contaba que las camisas de poliéster le generaban cierta comezón en la piel, mientras que las camisas de puro algodón le sentaban de lo más bien. Obviamente no estamos negando las alergias, sino que aquí cabe preguntarnos: ¿qué posibilidades tiene/tuvo este hombre para sentir tal diferenciación? Pues una historia de vida que le permite comprarse camisas de puro algodón, posibilidades para “agudizar” su percepción sobre su cuerpo – a lo que deberíamos contextualizar con un conjunto de cuidados que desarrolla sobre su apariencia-, cierto status que debe mantener donde tener una camisa 100% algodón garpa más, entre otras cuestiones. Obviamente que estas son generalizaciones que dejan de lado las complejidades de las particularidades.

Desde otro ángulo, las formas de manifestar nuestras emociones también están performateadas: llorar, reírse, enojarse, son formas aprendidas para manifestar determinadas emociones (aunque a veces le pifiemos en adivinar qué le pasa a un/a otro/a) y por ende, cuando tenemos la oportunidad de viajar hacia latitudes menos occidentalizadas (aunque hoy en día es difícil encontrarlas) nuestras modalidades quedarán en offside, y no sabremos bien qué hacer en el trato cotidiano: le doy la mano, un beso, me mira mal, están muy cerca, mantienen distancia ¿qué les pasa?! Es todo lo que pensé cuando viajé a la India, porque mis “habitus corporales” quedaron literalmente en jaque, en un lugar donde no hay diferencias entre la calle y la vereda y todo circula por la misma senda: perros, vacas, muertos, autos, gente, gente, gente, bicicletas, rickshaws (carros llevados por motos u hombres), etc.

Estamos llegando al punto nodal de este escrito. Si los clichés son arquetipos, nuestros cuerpos son arquetipos, vividos de formas “privadas” pero tan poco propios que nos da miedo caer en la cuenta. Aprendemos todo sobre ellos, incluso a cómo ser mujer, varón o trans, y por ende, a tener dolores, sensaciones, percepciones y gustos acordes con nuestros géneros. Porque sí, estamos normalizados.

Devuélvanme lo que es mío, reclamaría yo si leyera estas ideas explotadas contra el virtual papel. Y sí, porque si bien desde nuestros cuerpos se habita cotidianamente la estructura social revitalizada en cada movimiento, también podemos encontrar las hendijas y las grietas.
Una vez discutimos si pueden existir “cuerpos libres”, y en este sentido llegamos a la conclusión, un poco a regañadientes, que mientras vivamos en sociedad –y por ende nuestra condición existencial- siempre habrá una normatividad presente que construya nuestras corporalidades. Sin embargo, esto no implica que esa normatividad no pueda tender a otro tipo de lazos, y también a otro tipo de demandas sobre nuestros cuerpos, y no ya a las ciclotímicas exigencias de delgadez-voluptuosidad-juventud-autocontrol-disrupción. Es más, podemos sumar aquí la “falsa liberación sexual” (ya bien desarrolladas por Foucault) que supuso que el problema era la represión, la prohibición, y, que por ende la liberalización del deseo iba a ser la solución (que claramente conllevó y conlleva al imperativo de ser siempre “ponedores” para los hombres, y ser siempre “ponibles” para las mujeres). Como contracara la imposibilidad de sostenter un vínculo con otrx, independientemente de la forma que cobre ese vínculo. Incluso, en la actualidad, las nuevas tecnologías dieron un vuelco, o por lo menos plantean un desafío para pensar “la descorporalización” de los lazos. Aunque queda por pensar si en estas palabras no está también mi cuerpo presente.

Me costaría concluir todas las puertas que espero haber abierto. Prefiero dejarlas como escarbadientes sobre la mesa, para pasar a decir que por suerte no sigue siendo lo mismo tocar, oler, agarrar, acariciar que escondernos bajo los diversos trajes (y aquí puedo tomarme la licencia de pensar los trajes como una continuidad que puede ir desde la ropa que usamos hasta los celulares, computadores, etc.) que nos mediatizan cada vez más. Y que es en el encuentro con otros cuerpos cuando podemos tener cabal consideración de que cada quien particulariza un todo mayor al cual pertenecemos.

  

ES TAN CLICHE EL MIEDO A LA MUJER LIBRE




Nos tocaba pensar en esas señales que son a su vez moldes de nuestro pensamiento y de nuestras prácticas. Nos tocaba pensar en esas señales que son falsas, puesto que indican como naturales procesos que no tienen lugar sino en el seno de una sociedad. Y nos tocaba hacerlo porque está bien cederles un poco de espacio para poder convivir en el marco de un mismo sentido común, pero es cuasi ilegal entregarnos a ellas sin darles un poco de batalla.

Podríamos decir que el sentido común es en primer lugar un tipo de conocimiento, aquel producido socialmente, que establece formas de percibir y sentir que se traducen en las conductas de las personas. Como un gran paraguas cognitivo, incluye estereotipos, creencias, normas y valores que se constituyen como principios interpretativos y orientadores de las prácticas de las personas. Y ahí nuestra primera provocación: pensar(nos) por fuera de esas formas que usamos para pensar.

Nuestra vida social está plagada de esos callejones hacia entradas que aparecen sin salidas, porque como sociedad construimos espacios de control, aún a expensas de extirpar parte de nuestra humanidad. Son paradójicamente no lugares donde permanecer a través del reconocimiento de un orden fundamentado en dicotomías: público/privado; cultura /naturaleza; mente /cuerpo; Menotti/Bilardo.

Una de las formas de ordenamiento de la práctica social lo constituye el género. El género es esa categoría cuya existencia nos prueba justamente que como lo biológico no determina lo social, se impuso socialmente una división de los sexos. Y es esa denuncia por una entrega diferencial de poder según seamos varones o mujeres. De todos los clichés que se podrían derivar de las relaciones de género, nos vamos a quedar con uno, tal vez el más significativo y del que deriven todos los demás: la matriz sobre la que se construye la figura de “mujer”. Y fundamentalmente nos detendremos en la dicotomía con la que se pretende reconocer a las mujeres: santa o puta.

Leer a la mujer desde ese tamiz implica, en primera instancia, negarla. Mientras las y nos conocemos y reconocemos a esa luz, dejamos en la oscuridad formas de ser que están ahí a las cuales reprimimos o estigmatizamos una vez que salen del cuarto oscuro para volver a adoctrinar.

Los términos santa o puta se plantean como mutuamente excluyentes, y, como todas las dicotomías, no son neutrales sino que, por el contrario, tienen una valoración positiva y negativa. Aunque, en definitiva, son las dos formas posibles de un mismo molde: lo que queda adentro y lo que desborda.

La mujer buena es súper amorosa, con un aguante ilimitado frente a marido y prole; es la que en la publicidad limpia con ropa combinada orgullosa de esos productos que le hacen la vida más fácil. Se la muestra, aunque a sabiendas de que para parir criaturas debió haber tenido relaciones sexuales, como una persona eróticamente ascética, homologando sin originalidad historias bíblicas sobre vírgenes, embarazos y espíritus santos. Es madre o lo será, y por lo tanto, es pura, menstrúa agua de color azul y corre una maratón sin despeinarse.

La mujer mala es la pecadora, la que no cumplió con todo el pack de instrucciones. Es la que no deseó tener descendencia o no se muestra plena frente a la maternidad. La que no es comprensiva frente a todo. Aquella que contesta, que manifiesta que se siente incómoda, que eventualmente gusta de otras mujeres.

Una es fácil en el sentido de que no genera rispideces indeseadas, no plantea ni evidencia contradicciones, habla bajito y no se queja. La que eligen para formar la familia. La otra es fácil en el sentido equivocado, le usurpan su cuerpo, se lo ofrece a otro.

Dentro y fuera del molde, la mujer no puede ser pensada ni definida sin el varón. Es buena a los ojos de un sistema patriarcal que la requiere como esposa decente; es mala como una amenaza a ese sistema, como la que se vende al varón, la que revienta de placer. La que calienta, la amante, la que vive mal.

“Femenina, pasiva y heterosexual” es ese molde triádico a través del cual reproducir entidades que no son sino copias de un original también ficcionado. Y en definitiva se trata siempre de un discurso ajeno que habla sobre nuestras sexualidades para permitir algunas prácticas y prohibir otras.

El cuestionamiento apriorístico de la mujer es la vía más rápida para el adoctrinamiento, porque antes de que todo suceda la ubicuidad de la censura habla por sí misma. Si hasta en la violencia y el ultraje la vergüenza es femenina al igual que la reputación que se pone en duda. Es tan cliché el miedo a la mujer libre, y a esa libertad que empieza por el vientre.


Decíamos al principio que todo esto se trataba de proponer un pequeño desafío, y como toda promesa esconde una recompensa. Como las búsquedas que esconden tesoros, tal vez en este caso, transgredir los límites de nuestro pensamiento, nos permita empezar a habitar otras relaciones.

LA GUERRA CONTRA EL CLICHE


Por Julián Axat

Los cliché se acoplan al cerebro de tal forma que la sinapsis es lenta. Las neuronas trabajan con más quietud acostumbradas a recorrer los mismos lugares por los que pasaron. El cerebro es una burocracia si es una máquina con los movimientos prefijados. No hay novedad, por lo tanto la energía neurológica circula repitiendo compartimentos de lenguaje y acción. La burocracia trabaja a partir del cliché, por lo tanto todas las formas del pensamiento que se originan en causas y respuestas estandarizadas hacen del cliché su mundo de vida. La representación y las imágenes que consumimos, o el lenguaje que repetimos a diario, suele basarse en las repeticiones de lugares comunes, en la llamada dominabilidad técnica de la creatividad y de acontecimiento. La banalidad del mal necesita del cliché para fabricar a nazis Eichmann y colocarlo como burócrata de la cadena de mandos que llevan a una cámara de gas. cada policía parado en una garita es un cliché asigando a la cuadrícula de un burócrata, como lo es el disfraz del cortesando que hace que escribe sentencias, pero las tiene escritas o las reescribe sin arte. El capitalismo consume neuróticos, pero también se realiza en tipos de representación prefiguradas de antemano que son, ni más ni menos que, clichés en la forma de gozar la mercancía. La cosificación de la obra y del trabajo. Sindicatos clichés, que cobran sueldo y empresa cliché y huelgan cliché.  Hay personas que apelan al cliché todo el tiempo, gobernadas por los medios de comunicación dominantes que buscan la reproducción del pensamiento único, como goce global (todos los diarios del día, repiten los mismos títulos, los mismos copetes, la misma información). La opinión pública representada en una estadística medida por gurús del marketing y consultoras aplicadas sobre indicadores movibles que a la vez –al ser reproducidos- fabrican opinión-cliché. El hombre unidimensional posmoderno es cliché caminante y como cuerpo-mente: todo previsto, todo pautado, una vida sin irrupciones. Allí donde el situacionismo pensó maneras de quebrarlo-desorganizarlo, el capitalismo se adelantó y también lo consumió. Pues el arte cliché es la muerte de la vanguardia en el siglo XXI. El desencanto de un arte sin irrupción política, sin forma de vida, arrojado a la fetichización y no a la contingencia, llevado al cliché de la poética, en todos sus términos plásticos, dramáticos y literarios (en todos sus géneros). Replicantes de lugares comunes literarios tenemos en las mesas de las librerías: bet-seller, autoayuda, pero también en la literatura no comercial: lo remanido, el plagio mal hecho (el bien hecho es una forma de originalidad). La política cliché gobierna porque el miedo a la libertad es real. Mejor lo conocido que lo por conocer. Hay una  izquierda de manual que hace del cliché lenisista-trostkysta-mariateguista-guevarista una lectura encorsetada-simplificada-cliché. Pero hay una derecha de tribuna que huele a naftalina cliché de slogan yo, tu él, ella, y una cristianismo ortodoxo de hostias y cruces que repite evangelios y llena de fieles cruzadas y peregrinaciones tras un cliché papal. El fasto es cliché. Por eso el peronismo como hecho maldito que se reinventa de izquierda a derecha rompe con todos los clichés, pero de pronto también se vacía de contenido y tiende a lugar común-clisché, sin discurso político sólido, mostrando pliegues de la no definición para traccionar votos de todos los sectores en una disputa que nace desde dentro de su propia grieta, el cliché peronista renace como pancarta, como remera, como villancico, una burocracia de demonizados que no se identifican y esperan el aura externa, o no se sostienen por propia voz hasta que no sean hablados por el líder. El pluralismo es un derecho, pero también os pluralistas son un cliché del miedo a la libertad. El cliché se lo traga todo, es un vecino pluralista que repite formulas vacías contra la inseguridad, contra el medio ambiente, es un diputado replicante de páginas de diarios cliché. La policía y el cliché, es decir un oximorón, la justicia express… la pornografía repite poses lugares comunes del cuerpo-cosificado para el goce-cliché. Facebook es cliché “me gusta” 5000 amigos. Las pocas palabras que entran en el Twitter pocas veces un haiku, más bien cliché y miles de seguidores cliché… la regla es la siguiente: todo pensamiento original, todo acontecimiento irrepetible que irrumpe en la vida transformándola en un hecho divino o de aura con un plano superior tiende a ser capturado por una fuerza opuesta que la aplasta hacia la repetición y a la burocracia. La pulsión de vida es gobernada por un otro que la domina y la instrumentaliza. Los virus y anomalías se transforman en un parte del sistema tarde o temprano. Los clichés se lo tragan todo. Hacer la guerra a los clichés supone alto costo, y solo es posible entre varios que tienden, de alguna manera, a otra forma de cliché. La guerra contra los clichés implica la esperanza de un hombre distinto, basado en el mero acontecimiento y en la potencia de un poder cosmico hasta el momento esperado, nunca normalizado. La esquizo-vida o la rizomática elección de una voz singular es difícil de pensar sin el final. No olvidemos a Deleuze arrojándose por la ventana de un quinto piso. Su suicidio es cliché.